jueves, 13 de junio de 2013

La vuelta



El coche está caliente de todo el día. Ha estado a la sombra, pero tanto da, el aire está caliente y la sombra no ha conseguido evitar que el resol caldeara el interior a través de las ventanillas.

Aunque el tráfico está fluido, se ve que somos muchos los que hemos escogido la misma hora y el mismo día para ir, y para volver, al mismo sitio. Muchos vehículos por delante y muchos por detrás, buena velocidad pero la misma para todos, difícil, casi imposible adelantar o ser adelantado.

El sol rojizo de la tarde entra por el costado. María, de copiloto, dormita, los críos detrás, despatarrados, duermen como troncos. Por el retrovisor veo que la niña está doblada y con la cabeza apoyada en las piernas del crío, intento imaginar lo retorcida que puede estar, con el cinturón puesto y caída de lado, sobre los posabrazos de la silla infantil,  en una postura tan difícil que adrede no podría, pero me es imposible. Es que son de goma.

Están cansados de todo el día en la playa, los niños corriendo y bañándose o mojándose que para ellos es lo mismo, y María pendiente de ellos. Nos repartimos el trabajo, a ella le tocó la playa de los niños y a mí el conducir, lo mío es más descansado, ya te digo. Cayeron los dos…, los tres, dormidos antes de salir. Ni nos dio tiempo a guardar las cosas en el maletero, cuando los niños, acomodados en su silla respectiva, casi mojado aún el bañador, ya dormían. Y María había caído antes de salir el coche del aparcamiento de la playa. Agotaítos qu’están.

La carretera se complica un poco al cambiar de ruta. Salimos de la buena y pasamos a la provincial. Pero al menos la circulación disminuye algo. Está anocheciendo. Las luces rojas de los pilotos pintan rayas en la carretera. Algún que otro vehículo de frente y camiones sueltos entre nosotros, pero muchas curvas, seguimos sin poder adelantar, vaya jaleo de vuelta a casa. Eso pasa por cruzar la sierra para ir al mar.

En el compac suena Elvis. Suave y tiernamente, Love me Tender, apenas un murmullo que me acompañe. Es nuestra canción, sonaba cuando nos conocimos, sonó en nuestra boda y sonaba cuando… engendramos a la niña… y deja los recuerdos, chaval, deja los sueños, que estás conduciendo y tienes dos hijos detrás, mira la carretera.

María se mueve bruscamente y se despierta, ¿cuánto queda?, pregunta somnolienta. Se da la vuelta y ve el nudo de los niños. También es de goma. Se retuerce en el asiento y consigue enderezarlos sin que se despierten y sin soltarse el cinturón. Vuelve a mirar de frente y repite, ¿cuánto queda?, pregunta retórica, pues se vuelve a quedar dormida inmediatamente. Debió soñar que los niños iban mal y se despertó para poner orden. Las madres, ya se sabe, no se sabe cómo lo saben, pero ahí están.

Veinte minutos. Ya sé que la pregunta no era más que una forma de decirse a sí misma que estaba despierta, pero la respuesta no es más que una forma de decirme que estamos llegando y que no voy solo. Hay una necesidad compulsiva de responder a su pregunta, por más retórica que sea. Me respondo a su pregunta. Veinte minutos. Aunque nadie me escucha, que yo sigo con Elvis.

Apenas ha caído la noche, aún el crepúsculo asomando por el horizonte cuando por fin tras un adelantamiento al camión que me ha tenido detrás los últimos diez minutos llego al cruce. Nuestro cruce. Doy un ligero codazo a María que se remueve y abre los ojos. Estamos llegando. Mira delante, se sitúa mentalmente y por fin se despierta. Pone orden, las mujeres siempre ponen orden, las madres también, en el habitáculo y revisa una vez más a los niños.

Colea aún la última canción del CD de Elvis en el compac. ¿Te acuerdas…?, y sueña, ella puede.

Y la calle se materializa por fin. Con esto de los fines de semana y del buen tiempo tenemos suerte. Hay un aparcamiento apenas a diez metros de la puerta.

Con cuidado, como si fuera posible despertarlos, cogemos a los niños. Ella se lleva a la niña, la menor, mientras el niño se me cuelga del cuello. Los subimos y le dejo que los acueste mientras bajo a encargarme de los bultos. Mañana terminaremos de colocarlo todo que estamos muertos.