domingo, 27 de mayo de 2012
viernes, 25 de mayo de 2012
El viajero accidental
Era un viaje de negocios… Es lo que pasa con estas cosas, que en cuanto le pones apellidos dejan de ser lo que dicen, un viaje “de negocios” no es un viaje es un desplazamiento, como un viajero “de lo que sea” no es un viajero es un viajante.
Era un desplazamiento de negocios, la tarea hecha antes de lo temido, la vuelta indeseada que ni está, ni se le espera…, ni quiere estar. La mente relajada y vacía con un hueco que espera llenarse. Un instante que se alarga y “ya que estoy aquí voy a ver si…”
El viajero accidental aparece de repente, le quita el maletín que no necesita, le deja la mente aparcada, le esconde los problemas en un bolsillo y le hace cambiarse de traje. El viajante queda en el limbo, a la espera, y sale el viajero. Un viajero sin viaje, que ya está allí.
Un parque cercano le permite descansar al lado de una fuente de cerámica con unos cisnes que lanzan agua por el pico eternamente abierto. Saca el móvil y les hace una foto. La gente camina con sus propios problemas, no son viajeros, una pareja discute en la acera, unos niños corren, pasa una bicicleta con un ipod colgado de una cabeza. El viajero pasea disfrutándolo todo.
Un bar con comidas le convence de quedarse allí. ¿Comida típica?, ¿comida casera?, ¿comida de siempre?…, comida típica, o se está de viaje o no se está. Pero de postre, por supuesto, café.
El viajero callejea entre rincones de piedra y ladrillo. Pequeñas plazoletas sirven de excusa para bancos, fuentes y jardincillos. Paredes con mosaicos “Aquí vivió…”, portalones de madera labrada, rejas que recortan patios llenos de flores, el viajero todo lo mira y de vez en cuando saca otra foto que el baúl de recuerdos necesita de apoyos de la memoria.
Se compra un sombrero aunque no le molesta el sol, solo es un capricho que para eso está de viaje. La tarde, que va moviendo las sombras, le persuade de tomarse una cerveza. Sentado en el velador, caña va tapa viene, el sombrero al lado y la mente perdida mira esta vida ajena pasar junto a él.
Las luces se van de los escaparates a las farolas. El viajante aparece por entre las rendijas de la memoria y le dice al viajero que hay que volver, que mañana hay que madrugar y que ya es la hora del descanso…
*-*-*-*-*-*
La vida tiene esas sorpresas y el viajero experimentado las aprovecha. Va siempre preparado y mantiene activo y vacío un rincón de la mente insinuando el prodigio de ese viaje accidental.
martes, 22 de mayo de 2012
Romería
Una romería no es un viaje, el romero no es un viajero.
Meterse en romería es meterse en tantos jaleos como meterse en viaje, pero no es viajar.
Se puede ir a una romería para muchas cosas, para rezar, obviamente, para disfrutar, para ir con los amigos, de juerga, para pasar el rato… pero no es hacer un viaje.
Ir en romería es resolver un camino de varias horas, o incluso de varios días y sus preparativos cuestan tanto como los de un viaje, en esfuerzo y hasta en dinero. Pero no es viajar.
El viajero busca algo nuevo, el romero quiere que nada sea nuevo. Un viaje es siempre distinto, todas las romerías son la misma una detrás de otra. El viajero experimenta, el romero continúa. Un viaje es una vida al lado de la vida diaria, una romería es una parte de la vida diaria separada del resto y repartida a lo largo de los años.
El viaje funciona con la cabeza, la romería con el corazón. El viajero llena el baúl de recuerdos, el romero abre un día el armario de los sentimientos y se encuentra una percha vacía…:
- … Ah, sí, la romería.
Ha llegado la hora de ponerse en marcha
viernes, 11 de mayo de 2012
El viajero miraba distraido el horizonte. Le gustaba perderse en el paisaje que asomaba a sus ojos, aunque de tanto en tanto dejaba su mirada ensimismada y fija en la líneas de la calzada. Era entonces, cuando se sumergía en las fantasías que le llevaron en cada ocasión a acercarse a su agencia habitual. Le gustaba "perder su tiempo" allí. Ese chico, que por lo general le atendía, (en ocasiones dejaba pasar su turno con tal que le tocara con él), le hacia vivir por anticipado su destino con la imaginación alocada que desprendía al decidirse por tal o cual hotel, o por tal o cual transporte u horario. Era realmente divertido verlo trabajar- Viajaba al destino de cada cliente a la vez que gestionaba las reservas, reviviendo como suyas las anécdotas de otros clientes y aliñándolas con otras de cosecha propia. Era el cuentacuentos del Viajero2.0
martes, 8 de mayo de 2012
El Puente
El viajero va cargado con la bolsa de viaje. Apenas un bolso de mano que lleva lo justo para pasar el puente. La estación está llena de gente, hay maletas por todas partes, un perrillo mira penoso desde el cajón de viaje, se ven algunos paraguas, ha sido un día tormentoso.
El viajero comprueba que en su andén ya hay espera, el puente mueve mucha gente. El autobús abre las puertas y las compuertas, mientras unos amontonan de la peor forma que imaginan las maletas en la bodega, el conductor (revisor, cobrador y mecánico de emergencia) comprueba los billetes. El 15, el 25, asiento 3, 8…
El viajero ocupa su lugar, le ha tocado ventanilla. Delante hay dos personas mayores que han debido venir por negocios, hablan de intereses y capitales y bancos y abogados. Pasillo por medio una muchacha teclea frenética en el móvil. Detrás se sienta una niña con su abuela. Un poco más adelante una pareja joven hace preguntarse al viajero por qué han comprado dos billetes. En el asiento de al lado se coloca un estudiante que antes de caer sentado ya se ha dormido, se ve que no es la primera vez que hace el viaje.
La niña busca a su madre pero las compuertas del maletero le tapan la ventana, al rato consigue verla y le lanza como quinientos mil besos y le pregunta, nos pregunta, si le han llegado. Nos enteramos que sí, le llegaron todos. Tiene el frenesí de una niña que va de viaje con su abuela a pasar el puente con sus tíos. Seguro que va a agotar a todo el mundo.
El autobús acaba al fin por llenarse, va completo. El conductorrevisorcobradorymecánicodeemergencia se coloca al volante, las puertas se cierran, un semáforo da paso libre y el autobús arranca.
Salen de la estación, pasan por la ciudad, se dejan atrás semáforos, carteles, jardines, fábricas y por fin se llega al campo. El viajero lleva un libro pero el viaje es largo, así que prefiere mirar el paisaje mientras haya luz. Fuera corre el viento racheado peinando los matojos. El sol aparece un corto momento por entre un mar de nubes negras y amenazadoras.
La niña se mueve, se levanta, se agita, la abuela le dice que se esté quieta y que se duerma que el viaje es muy largo, la niña no le hace caso, la abuela se ha olvidado de lo mágico que es un viaje a los cinco años.
Fuera una nube se ha puesto a descargar con ganas de desahogarse, llueve fuerte y de forma repentina, el autobús choca con la lluvia con un ruido de caja de cartón golpeada con palos. El viento ha llenado de polvo las nubes y el agua deja churretes de barro en las ventanas. De frente vienen coches con los faros encendidos intentando colar la luz por entre la lluvia. El autobús, más pesado, se permite adelantar a los turismos salpicándoles con el agua que el asfalto no ha logrado desalojar.
La muchacha sigue tecleando, los de delante siguen con sus charlas dinerarias, el estudiante sigue durmiendo. La lluvia va a lo suyo, la nube sigue como si no fuera con ella la cosa, el viento que viene de frente la va arrastrando hacia atrás. El autobús, en plan toro furioso, aparta la lluvia con los retrovisores. Fuera los arbustos se doblan por el viento y el agua.
La nube tormentosa termina de pasar y la lluvia desaparece tan rápidamente como llegó. Los turismos se atreven ahora con el gigante y adelantan embarrados al autobús. El cielo va clareando. El campo sugiere a través de los cristales olor a hierba mojada que por un momento se cuela en la mente del viajero.
El estudiante sentado a su lado se despierta, mira alrededor, se despereza ligeramente, mira por la ventana y empieza a poner orden en sus cosas. Casi al momento el autobús toma un desvío para un pueblo cercano. Indudablemente el estudiante no es la primera vez que hace el viaje.
El autobús llega al pueblo y hace un intercambio de viajeros como si de cromos se tratara, este es difícil y vale más, me das cinco por él. Bajan doce o quince viajeros, entre ellos el estudiante, y suben cinco. El estudiante debió ser uno de los que cubrieron esos cromos especiales, porque su sitio queda vacío.
Allá, adelante, la pareja por fin ocupa los dos asientos, ella se ha quedado dormida.
El autobús sigue camino que queda viaje por delante. La niña comunica a todo el autobús el hallazgo de una casa semiderruida y se muere de risa, pero no consigue despertar a la novia. La abuela le sigue insistiendo, anda duérmete que queda mucho viaje, la niña le hace el mismo caso que antes, y menos ahora que está descubriendo las cosas maravillosas que aparecen por la ventanilla. Los dos mayores de los asientos de delante siguen con lo suyo, dinero va, intereses vienen, pero ahora aparece el alcalde y los municipales, el negocio debe tener problemas administrativos. La muchacha del otro lado del pasillo sigue con su manipulación telefónica y el viajero sigue mirando al exterior, no se decide a sacar el libro todavía.
Finalmente el autobús puede con ella y la niña vomita en una bolsa que tiene preparada la abuela. Es lo que tienen las abuelas que todo lo saben, todo lo controlan y todo lo tienen previsto. Las abuelas son así. Queda flotando el olor ácido del vómito. La abuela le da un caramelo de menta para que se le quite el sabor. Lo dicho, las abuelas lo tienen todo previsto.
El sol está saliendo por fin y las cortinillas empiezan a correrse. El autobús ahora parece venir del dentista, media dentadura completa y la otra media a trompicones faltando los más de los dientes. La niña descubre un casa de campo cuajada de flores en sus muretes, y lo grita a todo el mundo, el campo es muy divertido.
Poco después el autobús llega a su siguiente parada. En la estación, se produce apenas un descarte, dame dos cartas, dame dos viajeros, se queda con los mismos. Es un pueblo pequeño y no hay más movimiento.
Ahora la niña descubre un burro, un caballo dice la abuela, un burro insiste la niña, que es que la abuela no se entera. Y en seguida el autobús entra en una estación de servicio, hay que echar gasoil.
El conductorrevisorcobradorymecanicodeemergencia pone 300 en el surtidor. 300 es mucho tiempo, saca un cubo y un cepillo, pone agua y se dispone a limpiar el parabrisas del barro que dejó la lluvia. Entretanto la niña, lo más vivo del autobús, informa a todo el mundo que tiene pipí. 300 son mucho tiempo así que la abuela aprovecha para sacarla y llevarla al servicio. Un viajero se baja a echar un cigarrillo charlando con el conductorrevisorcobra…, algún otro más aprovecha para estirar las piernas.
El depósito se llena o al menos el surtidor se para. Los viajeros vuelven a subir, la niña con la abuela también, no pueden faltar, y el autobús sigue.
La lluvia y el mal tiempo parecen definitivamente lejos, atrás se quedaron o quizá es el autobús el que se llegó hasta detrás de la tormenta, que el viento sigue fuera, encarado, agitando los árboles y arrastrando hacia atrás los últimos restos de nubes. El viajero mira los carteles informativos del interior, los dibujos del tapizado de los asientos, las estampas de vírgenes y crucificados que el conductor lleva en el parabrisas. Se conoce ya los años de las ITV cuyas pegatinas están colocadas en el costado cerca del retrovisor y la actitud existencialista que algún viajero anterior dejó en la trasera del asiento delantero, Viva el Madrid.
La niña vuelve a vomitar, lo poco que le pudiera quedar en el estómago, en otra bolsa que la abuela tiene preparada. La niña se enfada por tanto mareo, la abuela le da otro caramelo de menta, su dotación de caramelos, como su paciencia, es infinita.
La tarde está ya cayendo, el sol se ve por el costado cómo se va ocultando mientras el autobús sigue su marcha. Los viajeros del dinero parece que ya hubieran arreglado el asunto porque levan un rato callados. La novia ha vuelto a despertar, la muchacha del otro lado del pasillo por fin descansa pero saca del bolso el equipo de embellecedores. Se pone a ello, se retoca los labios, los ojos, las pestañas y se mira en el espejito. Comprueba que todo está listo y llama por teléfono, papá, estoy llegando.
Efectivamente, un cruce se aproxima con velocidad y cuando llega nos indica que quedan apenas dos kilómetros. Hay movimiento general en el interior. La niña tiene tiempo para vomitar una tercera vez antes de llegar en otra bolsa que la abuela tiene dispuesta. No hay problema, la abuela tiene más caramelos.
El autobús entra en una ciudad bastante grande. El abuelo está en el andén. En la estación hay un descarte general, el autobús se rinde y tira las cartas, la mayoría de los viajeros se quedan aquí. La abuela sale empujadarrastrada por la niña que busca al abuelo comunicando al autobús que lo ha visto, todos se hacen cargo. La niña se lleva su olor ácido de vómito y la abuela sus caramelos de menta, la muchacha se baja para meterse en el coche de su padre, los viajeros del negocio también se van con sus intereses y sus capitales. Las maletas salen a borbotones de la bodega y el interior queda silencioso, ya es tarde y los viajeros de la ciudad han debido escoger otro horario porque no sube nadie.
Cuando el autobús sale al campo el crepúsculo ha terminado su trabajo y la noche ha caído. Ya el sol no hace falta, no hay niñas que tengan que descubrir cosas por la ventanilla. Una luna casi redonda ilumina un cielo despejado. El viajero por fin se decide a coger el libro pero apenas le queda tiempo, con él ya solo quedan los novios y algún que otro compañero de viaje desperdigado por el interior. Hecha de menos a la niña que antes lo dejó agotado.
Esta vez la etapa es corta. Un cruce bastante complicado de carreteras, con bucles y puentes, permite al autobús desviarse. El pueblo del viajero está cercano, guarda el libro, mueve las piernas que tiene entumecidas y se abrocha el jersey, fuera ya debe hacer fresco. Da el último repaso a los letreros, a las estampas, a las pegatinas de la ITV y al Madrid que parece que vivirá mientras el autobús siga viajando. Finalmente llega a su destino.
El viajero desciende sólo, el resto permanece sentado, buen viaje. El viajero coge la bolsa y se pone en marcha, camino de casa, mientras el autobús sigue su camino.
Hasta la vuelta del puente, el próximo martes por la mañana.
miércoles, 2 de mayo de 2012
¿Quién quiere volver?
Viajar es vivir de prestado, vivir de costado. Viajar es dejar la vida a un lado, aparcada y guardada en el garaje, la verja echada, mientras una acera desconocida se extiende bajo nuestros zapatos.
Al viajar guardamos el presente y cerramos la puerta, cerramos la mente, nos damos la vuelta y ante nosotros se extiende un presente nuevo de corta duración. Viajar nunca es pasado, nunca es futuro, siempre es presente, un presente continuo. El tiempo se comprime y se alarga a la vez, no salimos del presente, ni llegamos al futuro.
Viajamos y nuestra mente se llena de rincones nuevos, repletos de fotos y detalles, de gente nueva, de espacios nuevos, de placeres nuevos, todos iguales que los de siempre pero que el viajar los convierte en todos nuevos, juntos y mezclados en un arcón, cada viaje su arcón, del desván de la memoria. Viajar nos hace nuevos por un tiempo.
Es la meta, el final del viaje, la que nos impone el futuro contra el presente. Dejar de viajar es cerrar el arcón y recuperar el viejo presente. Volver a los espacios viejos, los placeres viejos. La meta nos cierra lo nuevo para abrirnos lo viejo. El futuro del viaje es un futuro viejo lleno de arcones de memoria.
¿Quién quiere regresar?
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