martes, 8 de mayo de 2012

El Puente

El viajero va cargado con la bolsa de viaje. Apenas un bolso de mano que lleva lo justo para pasar el puente. La estación está llena de gente, hay maletas por todas partes, un perrillo mira penoso desde el cajón de viaje, se ven algunos paraguas, ha sido un día tormentoso.

El viajero comprueba que en su andén ya hay espera, el puente mueve mucha gente. El autobús abre las puertas y las compuertas, mientras unos amontonan de la peor forma que imaginan las maletas en la bodega, el conductor (revisor, cobrador y mecánico de emergencia) comprueba los billetes. El 15, el 25, asiento 3, 8…

El viajero ocupa su lugar, le ha tocado ventanilla. Delante hay dos personas mayores que han debido venir por negocios, hablan de intereses y capitales y bancos y abogados. Pasillo por medio una muchacha teclea frenética en el móvil. Detrás se sienta una niña con su abuela. Un poco más adelante una pareja joven hace preguntarse al viajero por qué han comprado dos billetes. En el asiento de al lado se coloca un estudiante que antes de caer sentado ya se ha dormido, se ve que no es la primera vez que hace el viaje.

La niña busca a su madre pero las compuertas del maletero le tapan la ventana, al rato consigue verla y le lanza como quinientos mil besos y le pregunta, nos pregunta, si le han llegado. Nos enteramos que sí, le llegaron todos. Tiene el frenesí de una niña que va de viaje con su abuela a pasar el puente con sus tíos. Seguro que va a agotar a todo el mundo.

El autobús acaba al fin por llenarse, va completo. El conductorrevisorcobradorymecánicodeemergencia se coloca al volante, las puertas se cierran, un semáforo da paso libre y el autobús arranca.

Salen de la estación, pasan por la ciudad, se dejan atrás semáforos, carteles, jardines, fábricas y por fin se llega al campo. El viajero lleva un libro pero el viaje es largo, así que prefiere mirar el paisaje mientras haya luz. Fuera corre el viento racheado peinando los matojos. El sol aparece un corto momento por entre un mar de nubes negras y amenazadoras.

La niña se mueve, se levanta, se agita, la abuela le dice que se esté quieta y que se duerma que el viaje es muy largo, la niña no le hace caso, la abuela se ha olvidado de lo mágico que es un viaje a los cinco años.

Fuera una nube se ha puesto a descargar con ganas de desahogarse, llueve fuerte y de forma repentina, el autobús choca con la lluvia con un ruido de caja de cartón golpeada con palos. El viento ha llenado de polvo las nubes y el agua deja churretes de barro en las ventanas. De frente vienen coches con los faros encendidos intentando colar la luz por entre la lluvia. El autobús, más pesado, se permite adelantar a los turismos salpicándoles con el agua que el asfalto no ha logrado desalojar.

La muchacha sigue tecleando, los de delante siguen con sus charlas dinerarias, el estudiante sigue durmiendo. La lluvia va a lo suyo, la nube sigue como si no fuera con ella la cosa, el viento que viene de frente la va arrastrando hacia atrás. El autobús, en plan toro furioso, aparta la lluvia con los retrovisores. Fuera los arbustos se doblan por el viento y el agua.

La nube tormentosa termina de pasar y la lluvia desaparece tan rápidamente como llegó. Los turismos se atreven ahora con el gigante y adelantan embarrados al autobús. El cielo va clareando. El campo sugiere a través de los cristales olor a hierba mojada que por un momento se cuela en la mente del viajero.

El estudiante sentado a su lado se despierta, mira alrededor, se despereza ligeramente, mira por la ventana y empieza a poner orden en sus cosas. Casi al momento el autobús toma un desvío para un pueblo cercano. Indudablemente el estudiante no es la primera vez que hace el viaje.

El autobús llega al pueblo y hace un intercambio de viajeros como si de cromos se tratara, este es difícil y vale más, me das cinco por él. Bajan doce o quince viajeros, entre ellos el estudiante, y suben cinco. El estudiante debió ser uno de los que cubrieron esos cromos especiales, porque su sitio queda vacío.

Allá, adelante, la pareja por fin ocupa los dos asientos, ella se ha quedado dormida.

El autobús sigue camino que queda viaje por delante. La niña comunica a todo el autobús el hallazgo de una casa semiderruida y se muere de risa, pero no consigue despertar a la novia. La abuela le sigue insistiendo, anda duérmete que queda mucho viaje, la niña le hace el mismo caso que antes, y menos ahora que está descubriendo las cosas maravillosas que aparecen por la ventanilla. Los dos mayores de los asientos de delante siguen con lo suyo, dinero va, intereses vienen, pero ahora aparece el alcalde y los municipales, el negocio debe tener problemas administrativos. La muchacha del otro lado del pasillo sigue con su manipulación telefónica y el viajero sigue mirando al exterior, no se decide a sacar el libro todavía.

Finalmente el autobús puede con ella y la niña vomita en una bolsa que tiene preparada la abuela. Es lo que tienen las abuelas que todo lo saben, todo lo controlan y todo lo tienen previsto. Las abuelas son así. Queda flotando el olor ácido del vómito. La abuela le da un caramelo de menta para que se le quite el sabor. Lo dicho, las abuelas lo tienen todo previsto.

El sol está saliendo por fin y las cortinillas empiezan a correrse. El autobús ahora parece venir del dentista, media dentadura completa y la otra media a trompicones faltando los más de los dientes. La niña descubre un casa de campo cuajada de flores en sus muretes, y lo grita a todo el mundo, el campo es muy divertido.

Poco después el autobús llega a su siguiente parada. En la estación, se produce apenas un descarte, dame dos cartas, dame dos viajeros, se queda con los mismos. Es un pueblo pequeño y no hay más movimiento.

Ahora la niña descubre un burro, un caballo dice la abuela, un burro insiste la niña, que es que la abuela no se entera. Y en seguida el autobús entra en una estación de servicio, hay que echar gasoil.

El conductorrevisorcobradorymecanicodeemergencia pone 300 en el surtidor. 300 es mucho tiempo, saca un cubo y un cepillo, pone agua y se dispone a limpiar el parabrisas del barro que dejó la lluvia. Entretanto la niña, lo más vivo del autobús, informa a todo el mundo que tiene pipí. 300 son mucho tiempo así que la abuela aprovecha para sacarla y llevarla al servicio. Un viajero se baja a echar un cigarrillo charlando con el conductorrevisorcobra…, algún otro más aprovecha para estirar las piernas.

El depósito se llena o al menos el surtidor se para. Los viajeros vuelven a subir, la niña con la abuela también, no pueden faltar, y el autobús sigue.

La lluvia y el mal tiempo parecen definitivamente lejos, atrás se quedaron o quizá es el autobús el que se llegó hasta detrás de la tormenta, que el viento sigue fuera, encarado, agitando los árboles y arrastrando hacia atrás los últimos restos de nubes. El viajero mira los carteles informativos del interior, los dibujos del tapizado de los asientos, las estampas de vírgenes y crucificados que el conductor lleva en el parabrisas. Se conoce ya los años de las ITV cuyas pegatinas están colocadas en el costado cerca del retrovisor y la actitud existencialista que algún viajero anterior dejó en la trasera del asiento delantero, Viva el Madrid.

La niña vuelve a vomitar, lo poco que le pudiera quedar en el estómago, en otra bolsa que la abuela tiene preparada. La niña se enfada por tanto mareo, la abuela le da otro caramelo de menta, su dotación de caramelos, como su paciencia, es infinita.

La tarde está ya cayendo, el sol se ve por el costado cómo se va ocultando mientras el autobús sigue su marcha. Los viajeros del dinero parece que ya hubieran arreglado el asunto porque levan un rato callados. La novia ha vuelto a despertar, la muchacha del otro lado del pasillo por fin descansa pero saca del bolso el equipo de embellecedores. Se pone a ello, se retoca los labios, los ojos, las pestañas y se mira en el espejito. Comprueba que todo está listo y llama por teléfono, papá, estoy llegando.

Efectivamente, un cruce se aproxima con velocidad y cuando llega nos indica que quedan apenas dos kilómetros. Hay movimiento general en el interior. La niña tiene tiempo para vomitar una tercera vez antes de llegar en otra bolsa que la abuela tiene dispuesta. No hay problema, la abuela tiene más caramelos.

El autobús entra en una ciudad bastante grande. El abuelo está en el andén. En la estación hay un descarte general, el autobús se rinde y tira las cartas, la mayoría de los viajeros se quedan aquí. La abuela sale empujadarrastrada por la niña que busca al abuelo comunicando al autobús que lo ha visto, todos se hacen cargo. La niña se lleva su olor ácido de vómito y la abuela sus caramelos de menta, la muchacha se baja para meterse en el coche de su padre, los viajeros del negocio también se van con sus intereses y sus capitales. Las maletas salen a borbotones de la bodega y el interior queda silencioso, ya es tarde y los viajeros de la ciudad han debido escoger otro horario porque no sube nadie.

Cuando el autobús sale al campo el crepúsculo ha terminado su trabajo y la noche ha caído. Ya el sol no hace falta, no hay niñas que tengan que descubrir cosas por la ventanilla. Una luna casi redonda ilumina un cielo despejado. El viajero por fin se decide a coger el libro pero apenas le queda tiempo, con él ya solo quedan los novios y algún que otro compañero de viaje desperdigado por el interior. Hecha de menos a la niña que antes lo dejó agotado.

Esta vez la etapa es corta. Un cruce bastante complicado de carreteras, con bucles y puentes, permite al autobús desviarse. El pueblo del viajero está cercano, guarda el libro, mueve las piernas que tiene entumecidas y se abrocha el jersey, fuera ya debe hacer fresco. Da el último repaso a los letreros, a las estampas, a las pegatinas de la ITV y al Madrid que parece que vivirá mientras el autobús siga viajando. Finalmente llega a su destino.

El viajero desciende sólo, el resto permanece sentado, buen viaje. El viajero coge la bolsa y se pone en marcha, camino de casa, mientras el autobús sigue su camino.

Hasta la vuelta del puente, el próximo martes por la mañana.

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