Una romería no es un viaje, el romero no es un viajero.
Meterse en romería es meterse en tantos jaleos como meterse en viaje, pero no es viajar.
Se puede ir a una romería para muchas cosas, para rezar, obviamente, para disfrutar, para ir con los amigos, de juerga, para pasar el rato… pero no es hacer un viaje.
Ir en romería es resolver un camino de varias horas, o incluso de varios días y sus preparativos cuestan tanto como los de un viaje, en esfuerzo y hasta en dinero. Pero no es viajar.
El viajero busca algo nuevo, el romero quiere que nada sea nuevo. Un viaje es siempre distinto, todas las romerías son la misma una detrás de otra. El viajero experimenta, el romero continúa. Un viaje es una vida al lado de la vida diaria, una romería es una parte de la vida diaria separada del resto y repartida a lo largo de los años.
El viaje funciona con la cabeza, la romería con el corazón. El viajero llena el baúl de recuerdos, el romero abre un día el armario de los sentimientos y se encuentra una percha vacía…:
- … Ah, sí, la romería.
Ha llegado la hora de ponerse en marcha
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