jueves, 19 de julio de 2012

La Mochila


Pues nada, ya veis, que era cuestión de ir de acampada unos días, un fin de semana, vamos, que todos se pusieron que si vamos, si estupendo, que si fenómeno y ya está montado el follón, que es que no se pueden tomar decisiones en plena juerga alcohólica. Y andando, tenía que ser andando, mire usted qué gracia, si yo lo más lejos que he ido andando es a sacar el coche del garaje.

En fin qué se le va a hacer los amigos son los que más daño te hacen, ¿no dicen que quien bien te quiere te hará llorar?, pues por ahí empiezan, por las acampadas andando. Que los amigos son los que más te joden y encima les tienes que dar las gracias. No veas qué aire más puro, cuando yo prefiero el “aire” del puro, ya te digo, y no veas qué buena el agua fresca del manantial, con lo fresca que está la del hielo del cubata. Pero ya se sabe que con tal de no quedarse solos, pues eso, que uno se embarca en estas cosas.

Lo primero fue comprar la mochila. Yo qué sé de mochilas, ¿no?, pero ya está dicho que para eso están los amigos. Que si tenía que llevar no sé cuantos bolsillos, que si las correas, que si grande, que si pequeña, que tenía que caberle yo qué sé cuantas cosas, que si bolsa arriba, que si aluminio, que si 20 litros, que si 40 litros, como si las fuera a llenar de güisqui, que resulta que no, que no es por eso lo de los litros. En fin que después de escuchar a todo el mundo y acabar con dolor de cabeza, les di la espalda, me acabé la cerveza y me fui al cortinglés a comprarla. Al menos sólo sería el vendedor el que me liaría y además luego podría echarle la culpa sin problemas que con los amigos queda uno mal.

Nada más probarla ya me dí cuenta que no, que o ella o yo, pero los dos no cabíamos juntos en este mundo. Vacía y todo y empezó a dolerme tooooda la espalda. Y no digamos cuando el dependiente empezó a mostrarme cómo se ataba aquello. Correas por todos lados, cómo podía tener tantas ataduras una cosa tan pequeña. Me sobraba tiras por todos sitios, trozos de cuero iban colgando por cada lado que miraba. Me daban en los brazos, en los codos, se metían por…, en fin por salva sea la parte.

Cuando el dependiente quedó satisfecho de atarme y tirarme y empujarme y apretarme, con una sonrisa que le partía la cara en dos, yo parecía una caricatura de prisionero cargado de cadenas. Y lo mismo me sentía, más liado que un trompo. Cadenas, o sea, correas, por los hombros, por las piernas, por la cintura. Hasta en la cabeza, digo no, o sí, yo qué sé. Y ahora era yo quien tenía ganas de quitarle al dependiente la sonrisita de cachondeo y partirle la cara en dos.

En fin, que entre una cosa y otra, me compré la mochila, ni idea de qué me compré, pero me la compré, y a casa. Ahora estoy liado con el relleno. Quiero decir que estoy viendo qué me tengo que llevar. Aquí tengo en la mesa todo lo que creo imprescindible y tampoco cabe. La mochila o yo.

Y eso que apenas pongo nada, total para un fin de semana que me voy al campo, llevo lo justo. He sacado un queso grande, un par de chorizos normal y picante, una pieza de jamón, dos paquetes de Bimbo, una bolsa gigante de patatas fritas y cinco bolsas de chucherías. Además puse una botella de güisqui (por si hay ambiente), otra de ginebra (por lo mismo y para variar que no sea siempre lo mismo) y otra de vodka, dos de cocacolas grandes, un par de cartones de tabaco y un pack de 12 latas de cerveza para el camino. Ahí están encima de la mesa y no veo forma de meterlo todo en la mochila.

Quiero decir estaba. Resulta que después de todo esto, con la cabeza dando vueltas, le pedí ayuda a la María para montarla. Para qué la llamé, la que me pudo armar, vio lo que había puesto allí y empezó a decirme de todo. Que para qué quería el güisqui (¿alguien comprende esa pregunta?) y todo lo demás, que dónde estaba el agua, que qué pasaba con la colchoneta, (¿la qué?), que si esto que si lo otro, que de qué iba, qué si era tonto o qué, que si…, uf, vaya bronca, menuda colección de diatribas en tan pocas palabras, qué dominio del lenguaje, chaval.

En fin que después de la bronca me largué despacito para no sufrir viendo como la María volvía a guardar todo de nuevo. Mi gozo en un pozo. Entonces, ¿para qué era eso de ir de acampada si no se podía pasarlo bien luego? En fin que ahora aquí estamos, la mochila y yo, listos para empezar la marcha que ni marcha ni nada de nada, la marcha es la del viernes por la noche, pero al parecer así la llaman también, qué gente más rara, y la mochila preparada por la María en el sofá a punto de cerrarla con la solapa abierta, carcajeándose.

¿Que quién había ganado?, ¿la mochila o yo? La María. Ten novia para esto.

miércoles, 4 de julio de 2012

El otro "sinpa"


El recinto es estrecho y agobiante, tan pequeño que no puede moverse. La chapa que lo contiene escasamente tiene algún que otro agujero, apenas una rotura o desgaste del metal, por donde el aire pasa con sufrimiento y por los que entra una tenue luz que no se alarga más allá de un palmo. Aunque de todas formas hay poco que ver.

Mueve las manos lo poco que le permiten las paredes y sólo alcanza a tocar chapa y más chapa caliente, las rodillas las tiene doloridas porque la postura le obliga a tenerlas apoyadas sobre el suelo del recinto. La postura forzada le tiene el cuerpo contorsionado e inmóvil, bloqueado.

Los ojos, agotados por la falta de luz, imaginan espacios sacados de los recuerdos, ven fantasías, sueñan realidades y no distingue ya realidad de visiones, ni siquiera sabe si lo que oye viene del ensueño o llega de fuera. Junto a él tiene un recipiente con agua y una bolsa de dátiles, los va racionando cuanto puede, que no sabe el tiempo que tienen que durarle y no puede ni desperdiciarlos ni quedarse sin ellos y ya están casi mediados.

Ignora el tiempo que lleva así, que ni tiene reloj ni podría mirarlo si lo tuviera, pero el encierro está siendo eterno. Un fuerte golpe en la cabeza le despierta. ¿LE DESPIERTA?, no debe dormirse, no puede dormirse. El lugar del golpe le duele mucho, es metal contra lo que ha chocado, y no está seguro de si estará sangrando. Retorciendo la espalda logra liberar el codo y así puede mover la mano que dirige entre dolores musculares a la zona dolorida. No parece haber líquido, no hay sangre, pero tiene, eso sí, una fuerte hinchazón, le va a doler durante mucho rato.

Oye ruido en el exterior y comprende que es ese sonido el que le ha despertado. Parecen ladridos, permanece inmóvil escuchando con atención. Debe tener cuidado con lo que ocurre fuera, cree que su existencia es desconocida y tiene que controlar su aparición. El rumor se aproxima, sí, son perros, pero antes de que estén lo bastante próximos se vuelve a alejar. Algún que otro ruido desconocido se produce, cosas arrastrándose, golpes metálicos, ¿voces?, todos lejanos.

Al poco rato, tras un silencio cuya duración no puede controlar, se vuelve a oír el sonido del motor. Un zumbido que le ha acompañado todo el tiempo, un ruido que se le mete en la cabeza, le bloquea los oídos, le retumba en los huesos. Un ruido que poco a poco acaba filtrando para poder escuchar los otros sonidos, un clinc rítmico de algo parecido a un tornillo, el rasponazo de sus zapatos al resbalar por la chapa, sus propios dedos moviéndose. Los sonidos que le han dado cobijo, que han sido su hogar las últimas infinitas horas.

Y vuelve a la rutina del espacio sin luz. Sólo tacto y sonido. Un universo limitado en percepciones y espacio, pero eterno en el tiempo. Y en dolores, que ya no sabe si son dolores reconocidos, o si sólo es su propio cuerpo el que busca sentir algo inventando sensaciones, inventando imágenes.

Está tan cansado que no sabe si se ha despertado, si sigue soñando, si todo es pura realidad distorsionada o si está muerto, pero el silencio se ha apoderado del entorno. Nada se oye, nada se mueve. No hay vibraciones en las paredes, no hay luz en los huecos de las chapas, los dedos adormilados no sienten más que el metal frío. Toca el recipiente del agua y bebe un sorbo que saborea largamente enjuagando la boca, se come dos dátiles, contados, y sigue escuchando. Por fin decide que todo está quieto y que nadie hay por las cercanías.

Se mueve lentamente para liberar los brazos doloridos. Las articulaciones le gritan chasqueantes. Los músculos, unos por la tensión acumulada, otros excesivamente relajados le duelen al intentar moverlos. La sangre cambia su circulación y las nuevas zonas regadas le punzan con rabia. Sudando por el sufrimiento logra al fin ponerse medio recto. Como puede, con las manos, con los dedos, hasta con las uñas, retira un poco la chapa del fondo hasta dejar un mínimo hueco por el que deslizarse.

Con cuidado sale del recinto procurando las sombras de la noche. Los ojos le molestan incluso con la oscuridad sin luna, poco a poco la luz se vuelve más tenue y empieza a ver. Con angustia supone más que ve un edificio con luces en la puerta. La vista se va aclarando lentamente y al fin lo reconoce como una especie de bar o gasolinera o ambas cosas. Cerca están los surtidores y junto a una pared ve un grifo goteando.

Ansioso curiosea alrededor y distingue unas señales cerca, se aproxima y comprueba una información que no comprende salvo por una palabra, la palabra, que ni sabe pronunciar ni sabe leer, pero cuyos trazos conoce a la perfección de tanto soñar con ella. MADRID 235.

Por fin. Las lágrimas inundan sus ojos, por fin. El sin papeles se aproxima con urgencia al camión que le sirvió de cobijo, saca del recinto carcelero un paquete en el que lleva, envueltos en alguna ropa, unos cuantos objetos que le dijeron que podría vender para empezar a vivir, acaba de un trago el agua que le queda y se come un puñado de dátiles. Con ellos en la boca se dirige al grifo que vio antes, bebe de nuevo con fruición, llena el  recipiente de agua y vuelve a la señal. Y desde allí sigue la flecha y empieza el camino, andando, escapando del pasado y en busca del futuro.