Pues nada, ya veis, que era cuestión de ir de acampada unos
días, un fin de semana, vamos, que todos se pusieron que si vamos, si estupendo,
que si fenómeno y ya está montado el follón, que es que no se pueden tomar
decisiones en plena juerga alcohólica. Y andando, tenía que ser andando, mire
usted qué gracia, si yo lo más lejos que he ido andando es a sacar el coche del
garaje.
En fin qué se le va a hacer los amigos son los que más daño
te hacen, ¿no dicen que quien bien te quiere te hará llorar?, pues por ahí
empiezan, por las acampadas andando. Que los amigos son los que más te joden y
encima les tienes que dar las gracias. No veas qué aire más puro, cuando yo
prefiero el “aire” del puro, ya te digo, y no veas qué buena el agua fresca del
manantial, con lo fresca que está la del hielo del cubata. Pero ya se sabe que con
tal de no quedarse solos, pues eso, que uno se embarca en estas cosas.
Lo primero fue comprar la mochila. Yo qué sé de mochilas,
¿no?, pero ya está dicho que para eso están los amigos. Que si tenía que llevar
no sé cuantos bolsillos, que si las correas, que si grande, que si pequeña, que
tenía que caberle yo qué sé cuantas cosas, que si bolsa arriba, que si
aluminio, que si 20 litros,
que si 40 litros,
como si las fuera a llenar de güisqui, que resulta que no, que no es por eso lo
de los litros. En fin que después de escuchar a todo el mundo y acabar con
dolor de cabeza, les di la espalda, me acabé la cerveza y me fui al cortinglés
a comprarla. Al menos sólo sería el vendedor el que me liaría y además luego
podría echarle la culpa sin problemas que con los amigos queda uno mal.
Nada más probarla ya me dí cuenta que no, que o ella o yo,
pero los dos no cabíamos juntos en este mundo. Vacía y todo y empezó a dolerme
tooooda la espalda. Y no digamos cuando el dependiente empezó a mostrarme cómo
se ataba aquello. Correas por todos lados, cómo podía tener tantas ataduras una
cosa tan pequeña. Me sobraba tiras por todos sitios, trozos de cuero iban
colgando por cada lado que miraba. Me daban en los brazos, en los codos, se
metían por…, en fin por salva sea la parte.
Cuando el dependiente quedó satisfecho de atarme y tirarme y
empujarme y apretarme, con una sonrisa que le partía la cara en dos, yo parecía
una caricatura de prisionero cargado de cadenas. Y lo mismo me sentía, más
liado que un trompo. Cadenas, o sea, correas, por los hombros, por las piernas,
por la cintura. Hasta en la cabeza, digo no, o sí, yo qué sé. Y ahora era yo
quien tenía ganas de quitarle al dependiente la sonrisita de cachondeo y
partirle la cara en dos.
En fin, que entre una cosa y otra, me compré la mochila, ni
idea de qué me compré, pero me la compré, y a casa. Ahora estoy liado con el
relleno. Quiero decir que estoy viendo qué me tengo que llevar. Aquí tengo en
la mesa todo lo que creo imprescindible y tampoco cabe. La mochila o yo.
Y eso que apenas pongo nada, total para un fin de semana que
me voy al campo, llevo lo justo. He sacado un queso grande, un par de chorizos
normal y picante, una pieza de jamón, dos paquetes de Bimbo, una bolsa gigante
de patatas fritas y cinco bolsas de chucherías. Además puse una botella de
güisqui (por si hay ambiente), otra de ginebra (por lo mismo y para variar que
no sea siempre lo mismo) y otra de vodka, dos de cocacolas grandes, un par de
cartones de tabaco y un pack de 12 latas de cerveza para el camino. Ahí están
encima de la mesa y no veo forma de meterlo todo en la mochila.
Quiero decir estaba. Resulta que después de todo esto, con
la cabeza dando vueltas, le pedí ayuda a la María para montarla. Para qué la llamé, la que me
pudo armar, vio lo que había puesto allí y empezó a decirme de todo. Que para
qué quería el güisqui (¿alguien comprende esa pregunta?) y todo lo demás, que
dónde estaba el agua, que qué pasaba con la colchoneta, (¿la qué?), que si esto
que si lo otro, que de qué iba, qué si era tonto o qué, que si…, uf, vaya
bronca, menuda colección de diatribas en tan pocas palabras, qué dominio del
lenguaje, chaval.
En fin que después de la bronca me largué despacito para no
sufrir viendo como la María
volvía a guardar todo de nuevo. Mi gozo en un pozo. Entonces, ¿para qué era eso
de ir de acampada si no se podía pasarlo bien luego? En fin que ahora aquí
estamos, la mochila y yo, listos para empezar la marcha que ni marcha ni nada de nada,
la marcha es la del viernes por la noche, pero al parecer así la llaman también, qué gente más rara,
y la mochila preparada por la María en el sofá
a punto de cerrarla con la solapa abierta, carcajeándose.
¿Que quién había ganado?, ¿la mochila o yo? La María. Ten novia para esto.
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