El recinto es estrecho y agobiante, tan pequeño que no puede
moverse. La chapa que lo contiene escasamente tiene algún que otro agujero,
apenas una rotura o desgaste del metal, por donde el aire pasa con sufrimiento
y por los que entra una tenue luz que no se alarga más allá de un palmo. Aunque
de todas formas hay poco que ver.
Mueve las manos lo poco que le permiten las paredes y sólo
alcanza a tocar chapa y más chapa caliente, las rodillas las tiene doloridas
porque la postura le obliga a tenerlas apoyadas sobre el suelo del recinto. La
postura forzada le tiene el cuerpo contorsionado e inmóvil, bloqueado.
Los ojos, agotados por la falta de luz, imaginan espacios
sacados de los recuerdos, ven fantasías, sueñan realidades y no distingue ya
realidad de visiones, ni siquiera sabe si lo que oye viene del ensueño o llega
de fuera. Junto a él tiene un recipiente con agua y una bolsa de dátiles, los
va racionando cuanto puede, que no sabe el tiempo que tienen que durarle y no
puede ni desperdiciarlos ni quedarse sin ellos y ya están casi mediados.
Ignora el tiempo que lleva así, que ni tiene reloj ni podría
mirarlo si lo tuviera, pero el encierro está siendo eterno. Un fuerte golpe en
la cabeza le despierta. ¿LE DESPIERTA?, no debe dormirse, no puede dormirse. El
lugar del golpe le duele mucho, es metal contra lo que ha chocado, y no está seguro
de si estará sangrando. Retorciendo la espalda logra liberar el codo y así
puede mover la mano que dirige entre dolores musculares a la zona dolorida. No
parece haber líquido, no hay sangre, pero tiene, eso sí, una fuerte hinchazón,
le va a doler durante mucho rato.
Oye ruido en el exterior y comprende que es ese sonido el que
le ha despertado. Parecen ladridos, permanece inmóvil escuchando con atención.
Debe tener cuidado con lo que ocurre fuera, cree que su existencia es
desconocida y tiene que controlar su aparición. El rumor se aproxima, sí, son
perros, pero antes de que estén lo bastante próximos se vuelve a alejar. Algún que
otro ruido desconocido se produce, cosas arrastrándose, golpes metálicos, ¿voces?,
todos lejanos.
Al poco rato, tras un silencio cuya duración no puede
controlar, se vuelve a oír el sonido del motor. Un zumbido que le ha acompañado
todo el tiempo, un ruido que se le mete en la cabeza, le bloquea los oídos, le
retumba en los huesos. Un ruido que poco a poco acaba filtrando para poder
escuchar los otros sonidos, un clinc rítmico de algo parecido a un tornillo, el
rasponazo de sus zapatos al resbalar por la chapa, sus propios dedos moviéndose.
Los sonidos que le han dado cobijo, que han sido su hogar las últimas infinitas horas.
Y vuelve a la rutina del espacio sin luz. Sólo tacto y
sonido. Un universo limitado en percepciones y espacio, pero eterno en el
tiempo. Y en dolores, que ya no sabe si son dolores reconocidos, o si sólo es
su propio cuerpo el que busca sentir algo inventando sensaciones, inventando
imágenes.
Está tan cansado que no sabe si se ha despertado, si sigue
soñando, si todo es pura realidad distorsionada o si está muerto, pero el silencio
se ha apoderado del entorno. Nada se oye, nada se mueve. No hay vibraciones en
las paredes, no hay luz en los huecos de las chapas, los dedos adormilados no
sienten más que el metal frío. Toca el recipiente del agua y bebe un sorbo que
saborea largamente enjuagando la boca, se come dos dátiles, contados, y sigue
escuchando. Por fin decide que todo está quieto y que nadie hay por las
cercanías.
Se mueve lentamente para liberar los brazos doloridos. Las
articulaciones le gritan chasqueantes. Los músculos, unos por la tensión
acumulada, otros excesivamente relajados le duelen al intentar moverlos. La
sangre cambia su circulación y las nuevas zonas regadas le punzan con rabia.
Sudando por el sufrimiento logra al fin ponerse medio recto. Como puede, con
las manos, con los dedos, hasta con las uñas, retira un poco la chapa del fondo
hasta dejar un mínimo hueco por el que deslizarse.
Con cuidado sale del recinto procurando las sombras de la
noche. Los ojos le molestan incluso con la oscuridad sin luna, poco a poco la
luz se vuelve más tenue y empieza a ver. Con angustia supone más que ve un
edificio con luces en la puerta. La vista se va aclarando lentamente y al fin
lo reconoce como una especie de bar o gasolinera o ambas cosas. Cerca están los
surtidores y junto a una pared ve un grifo goteando.
Ansioso curiosea alrededor y distingue unas señales cerca,
se aproxima y comprueba una información que no comprende salvo por una palabra,
la palabra, que ni sabe pronunciar ni sabe leer, pero cuyos trazos conoce a la
perfección de tanto soñar con ella. MADRID 235.
Por fin. Las lágrimas inundan sus ojos, por fin. El sin
papeles se aproxima con urgencia al camión que le sirvió de cobijo, saca del
recinto carcelero un paquete en el que lleva, envueltos en alguna ropa, unos
cuantos objetos que le dijeron que podría vender para empezar a vivir, acaba de
un trago el agua que le queda y se come un puñado de dátiles. Con ellos en la
boca se dirige al grifo que vio antes, bebe de nuevo con fruición, llena
el recipiente de agua y vuelve a la
señal. Y desde allí sigue la flecha y empieza el camino, andando, escapando del
pasado y en busca del futuro.
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