No entender la letra de una canción no es obstáculo para que nos guste y sea un gran éxito. Para viajar y descubrir países diferentes, tampoco. Quizás un aliciente para vivir una pequeña aventura.
jueves, 7 de junio de 2012
miércoles, 6 de junio de 2012
La Plaza
Es una plaza de esas castellanas, casi cuadradas, rodeadas
de soportales con columnas y pilares de madera y granito. En una parte,
haciendo esquina con lo que parece la calle más importante, el ayuntamiento,
fachada de piedra, un portalón enorme de madera sobre dos escalones y, sobre
ella, un balcón de hierro labrado con las tres banderas ondeando, el letrero
“CASA CONSISTORIAL” a un lado y un reloj con números romanos al otro. En
frente, con un pequeño parque a ambos lados, la iglesia, ocupando casi todo el
lado de la plaza, un templo pequeño, con la campana en una espadaña, sin torre
pero con un pórtico adornado con gran detalle, la puerta abierta, el cura, de
sotana, limpiando la entrada. En el parquezuelo de la derecha unos pequeños
juegan en los columpios vigilados por los abuelos.
Toda la plaza está pavimentada con grandes losas de piedra por
cuyos huecos se esfuerza en salir la hierba. Solo un rincón frente a la puerta
del ayuntamiento está empedrado con pequeños guijarros de tonos distintos que
dibujan el escudo local.
El viajero no sabe dónde está, ni quiere saberlo. Está de
puro placer de viajar. Salió esta mañana para ir a cualquier sitio, dejándolo
todo al azar, ahora vuelvo aquí y luego giro allá, cojo este desvío, me gusta
ese paisaje, vaya amanecer más espléndido, sabes qué, que me voy para las
montañas que hoy se debe estar bien. El viajero salió para ir, no para llegar. Giro
tras giro, una aldehuela aparece de frente, el paisaje es impresionante, el
reloj marca las diez, las piernas le piden bajar y el estómago un desayuno, el coche
se desvía y decide parar.
En la entrada del pueblo una era sirve de congreso de
coches, allí lo deja aparcado, descansando, que se entretenga con los que ya
están de plantón. El viajero estira los músculos y se dirige al interior del
pueblo. Casas antiguas, viejas y nuevas, ladrillos y piedras viejas, techumbres
de madera y de cemento, balcones y ventanas, algún que otro patio protegido con
un muro de piedra y un portalón de madera antiguo. Calles retorcidas, casi
todas estrechas. Es así, curioseando las calles en busca de un bar, como al
viajero, al doblar una esquina, la plaza le estalla en los ojos.
El sol, aún bajo la ilumina al sesgo, con sombras largas,
ocultando un lado y dejando el otro luciendo las fachadas. Salteados con puertas
de viviendas particulares, se asoman escaparates y anuncios de comercios. Entre
una tienda de las de todo, donde encuentras desde un pan a una botella de
lejía, pasando por un litro de leche y una botella de licor de 12 años, y una
tienda de ropa con todas las tallas y modelos, en el escaparate aparece un
traje de niño y un maniquí sobrellevando con desánimo un desastre de modelo de
muchacha joven, halla un cartel luminoso con la leyenda BAR PACO y un anuncio de cerveza. Por si no
tuviera las cosas claras sobre la puerta luce otro letrero BAR PACO.
Se sienta en una de las mesas que tiene fuera dispuestas y
vacías, en las que tiene colocado unos ceniceros de barro cocido con BAR PACO grabado en el molde. Está visto que el
dueño se llama Francisco.
En la plaza se levanta una fuente grande, de granito. En el
centro, de un pilar labrado y acabado en una cruz de hierro forjado, salen
caños orientados a los cuatro puntos cardinales. En el pilón unos gorriones
calman la sed. El sol sigue su camino, sólo los trinos de los chiquillos de los
columpios rompen el silencio. El viajero no tiene prisa y al parecer el
camarero tampoco que ha tardado una eternidad en atenderle.
- Me pone un café con leche, por favor.- El camarero asiente,
“muy bien, señor”- Y, ¿tendría algo para comer?
El camarero le mira y decide que es alguien de calidad, no
se sabe por qué. – Tenemos bollería de fábrica, pero si la quiere manual, en
frente, en el otro lado de la plaza tiene una pastelería muy buena. Dígale que
le manda Paco.
O sea que era el dueño, que tiene bollería industrial “de
fábrica” y que enfrente hallará dulces caseros, bien.
- Si le parece le voy poniendo el café mientras usted compra
los dulces.
Dicho y hecho, el viajero se levanta y se acerca al lado
opuesto de la plaza. Antes de llegar ya huele a dulce recién hecho. El estómago
le grita que ya iba siendo hora. En la pastelería una muchacha joven le
atiende. El viajero compra un par de pasteles de crema para tomarse con el café
y unas pastas más consistentes que se lleva puestas para tomarlas después en el
coche.
Mientras desayuna el viajero disfruta de la paz de la plaza
tranquila de diario. El fin de semana se llenará de gente y de ruido pero esta
mañana sólo la hierba se preocupa de dar ambiente.
Unos niños cargados con enormes pistolas_armas_de_destrucción_masiva
de agua llegan corriendo. En el pilón las llenan, o quizá vacían la fuente, y
salen con los depósitos cargados lanzándose chorros, corriendo y gritando. Una
mujer aparece por una esquina llevando una niña que lleva un carrito que lleva
una muñeca que lleva un muñequito. Vienen en dirección de la tienda de todo. La niña dice que para Julia, la muñeca tiene nombre, hay que comprar un helado,
para su bebito, no, que es muy chico.
El viajero se levanta, abona la consumición y sigue paseando
por la plaza, curioseando los soportales y los escaparates que aparecen
salteados. El cura ya hace tiempo que terminó la limpieza, los abuelos se
cambian de sitio que el sol les da en la cabeza, los niños siguen con sus
columpios. Una voz resuena de una de las calles, Peeepiitoo, y uno de los niños
de las armas de destrucción masiva sale corriendo dejando el chorro en el aire.
Junto al ayuntamiento, un caserón señorial ostenta una balconada
de hierro forjado con mucha floritura, en el centro un escudo. Tiene dos pisos,
el segundo insinúa un balcón-solana de madera negra. Del tejado cuelgan nidos
de golondrina.
El viajero se acerca a la fuente y se refresca en ella. Un
letrero anuncia que es agua potable, bebe del chorro un agua fresca, fría, que
casi le hace daño en los dientes.
Lleno de la plaza, relajado por su silencio, el viajero
decide que ya está bien, que va a continuar el viaje a ninguna parte, y se va
en dirección al coche para seguir yendo, no para ir llegando.
martes, 5 de junio de 2012
Viajar

VIAJAR
Vivía cerca del aeropuerto
veía los aviones pasar
por encima de su ciudad
Ėl nunca entendía
que en algo
tan pequeño
alguien pudiera viajar...
Soñaba con volar...
Ese día llegó
y con su pequeño avión en la mano
entró en aquel gigante
tragador de personas
y voló...
Despegó
mientras, las hormigas
no eran hormigas
sino personas,
y las nubes
las confundía con olas
y el azul del cielo con el mar...
Voló
Entonces comprendió
Que ni ėl
era tan pequeño
ni lo grande
es tan grande
Y sonrió
Por Paloma (4 mayo 2012)
Vivía cerca del aeropuerto
veía los aviones pasar
por encima de su ciudad
Ėl nunca entendía
que en algo
tan pequeño
alguien pudiera viajar...
Soñaba con volar...
Ese día llegó
y con su pequeño avión en la mano
entró en aquel gigante
tragador de personas
y voló...
Despegó
mientras, las hormigas
no eran hormigas
sino personas,
y las nubes
las confundía con olas
y el azul del cielo con el mar...
Voló
Entonces comprendió
Que ni ėl
era tan pequeño
ni lo grande
es tan grande
Y sonrió
Por Paloma (4 mayo 2012)
domingo, 27 de mayo de 2012
viernes, 25 de mayo de 2012
El viajero accidental
Era un viaje de negocios… Es lo que pasa con estas cosas, que en cuanto le pones apellidos dejan de ser lo que dicen, un viaje “de negocios” no es un viaje es un desplazamiento, como un viajero “de lo que sea” no es un viajero es un viajante.
Era un desplazamiento de negocios, la tarea hecha antes de lo temido, la vuelta indeseada que ni está, ni se le espera…, ni quiere estar. La mente relajada y vacía con un hueco que espera llenarse. Un instante que se alarga y “ya que estoy aquí voy a ver si…”
El viajero accidental aparece de repente, le quita el maletín que no necesita, le deja la mente aparcada, le esconde los problemas en un bolsillo y le hace cambiarse de traje. El viajante queda en el limbo, a la espera, y sale el viajero. Un viajero sin viaje, que ya está allí.
Un parque cercano le permite descansar al lado de una fuente de cerámica con unos cisnes que lanzan agua por el pico eternamente abierto. Saca el móvil y les hace una foto. La gente camina con sus propios problemas, no son viajeros, una pareja discute en la acera, unos niños corren, pasa una bicicleta con un ipod colgado de una cabeza. El viajero pasea disfrutándolo todo.
Un bar con comidas le convence de quedarse allí. ¿Comida típica?, ¿comida casera?, ¿comida de siempre?…, comida típica, o se está de viaje o no se está. Pero de postre, por supuesto, café.
El viajero callejea entre rincones de piedra y ladrillo. Pequeñas plazoletas sirven de excusa para bancos, fuentes y jardincillos. Paredes con mosaicos “Aquí vivió…”, portalones de madera labrada, rejas que recortan patios llenos de flores, el viajero todo lo mira y de vez en cuando saca otra foto que el baúl de recuerdos necesita de apoyos de la memoria.
Se compra un sombrero aunque no le molesta el sol, solo es un capricho que para eso está de viaje. La tarde, que va moviendo las sombras, le persuade de tomarse una cerveza. Sentado en el velador, caña va tapa viene, el sombrero al lado y la mente perdida mira esta vida ajena pasar junto a él.
Las luces se van de los escaparates a las farolas. El viajante aparece por entre las rendijas de la memoria y le dice al viajero que hay que volver, que mañana hay que madrugar y que ya es la hora del descanso…
*-*-*-*-*-*
La vida tiene esas sorpresas y el viajero experimentado las aprovecha. Va siempre preparado y mantiene activo y vacío un rincón de la mente insinuando el prodigio de ese viaje accidental.
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